CAPÍTULO II. LA CITA


LA CITA. 25.06.2011

¿Como podría yo explicar el modo en que se prepara una mujer para una cita deseada?, supongo que las mujeres que hayáis empezado a leer ya os estaréis poniendo en situación , y seguro que los hombres estaréis deseando saberlo.

Pues bien, lo que es seguro es que cuando una mujer quiere gustar, agradar, llamar la atención , impactar, y se pone manos a la obra…, seguro que lo consigue. Y no lo consigue únicamente con una bonita ropa, maquillaje, peluquería, etc…, eso sólo son aderezos que , en el fondo tampoco necesitamos si estamos seguras de nosotras mismas, pero ayudan a reforzar la autoestima. Una mujer consigue impresionar a un hombre, con carácter, decisión, con una mirada…, con una sonrisa.

Aquel día, había recibido la invitación a salir de un hombre con el que me apetecía hacerlo y lo había hecho de una bonita manera y con una gran naturalidad, sin artificios ni chulerías. Supongo que es una de las virtudes que me atrae de él, su sencillez.  

“No se si te gustara venir a ver cantar un coro , es un concierto que damos en una iglesia , por las fiestas de San Juan, en un pueblecito aquí cerca…, después cenaremos con amigos, podemos pasarlo bien…, tal vez no es un gran plan, pero es lo que voy a hacer y te ofrezco que vengas si te apetece compartir conmigo, salir un rato esta noche.”  Algo muy similar a esto fueron sus palabras.

¡Como no!, pensé para mis adentros, ¡los siete coros celestiales me escucho yo para conocer un poco más a este apuesto caballero!. Si, porque no, contesté yo, no tenía nada pensado, si, me gustaría ir.

Allí estaba yo, como en las películas poniendo una y otra cosa sobre la cama y sobre mi cuerpo, a ver que me iba mejor para la ocasión, tenía que ir bien guapa, pero iba a una iglesia…, la primera vez que salía con él, no sabía como eran los amigos, donde íbamos a cenar…, algo complicado, para elegir atuendo. Por fin, me decidí por la prenda estrella, unos vaqueros que me sentaban muy bien, unas sandalias rojas, altas, de tacón, pues es “algo más alto que yo” y una camiseta sin mangas, en color rojo. Algo sencillo, pero atractivo. En fin, yo ya me sentía atractiva por el hecho de que me hubiera invitado a salir, aquí es donde entra en juego lo que comentaba antes de la autoestima y el carácter.

Conduje hasta el pueblecito en cuestión y, como es bastante habitual en mí, ya que es de sabios admitir los defectos de uno, llegué un poco tarde y el concierto ya estaba empezado. Entré en la iglesia, que estaba bastante llena, incluso había gente de pie por los laterales, pero conseguí un sitio en uno de los últimos bancos a la derecha. Nada más entrar le ví, pues era fácilmente identificable con su barba blanca y , en la disposición del coro en el altar ocupaba un sitio en la última fila, la que estaba más alta de las tres hacia la parte izquierda desde mi posición. Esbocé una sonrisa al verle y él, que según me ha confesado posteriormente, ya pensaba que no iba a acudir, perdió el hilo de la havanera que cantaban en ese momento debido a los nervios que le entraron al comprobar que , finalmente, había acudido a la cita.

Al acabar el concierto, rápidamente bajó del altar y acudió en mi búsqueda. Su saludo fué cálido y natural, como si fuéramos amigos de tiempo. Me acompañó fuera, donde me presentó a varios de sus amigos y amigas, tanto participantes en el coro como otros. Ya había anochecido, eran cerca de las diez de la noche y emprendimos camino por las empinadas callecitas del pueblo, ubicado en una montaña, hacia un recinto , creo recordar de un colegio, biblioteca, polideportivo…, en cuyas instalaciones al aire libre se celebraba la cena por las fiestas de Sant Joan, muy celebradas por la comarca. El atuendo de Mario, pantalón gris de vestir, camisa blanca con corbata color granate y blazer azul marino, distaba mucho del desenfadado vaquero con camisa blanca por fuera del primer día, pero era el atuendo que exigía el coro.

Enseguida se disculpó  y, dejándome en compañía de sus amigos acudió a cambiarse al coche, hacía bastante calor y como dijo, no se sentía cómodo con esa ropa, ya que él habitualmente viste de modo más informal. Yo me sentía bien, tranquila, el trato y la forma de desenvolvernos de ambos fué desde el primer momento como si ya nos conociéramos, de hecho pienso que prácticamente ninguno de los que allí estaban sospechara que era nuestra primera cita, si no era porque él lo hubiera confesado.  

La cena era algo informal, propio de unas fiestas de pueblo, cada uno acudíamos con nuestro ticket a recoger la comida a unas mesas dispuestas a modo de despacho, donde los organizadores iban repartiendo pequeños platos de plástico con unas cocas de dacsa, típicas de la zona, algo bastante frugal y ligero, acompañado de un vino. Mario me acompañaba en la fila cual guardaespaldas orgulloso de su compañía. Una charla agradable, algunas bromas y chistes y un par de horas después nos dispusimos a irnos hacia otro destino, un barecito ubicado en la Plaza del Prado de Gandia, denominado El Pascualet, donde habitualmente se juntaban a tomar algo y cantar. Allí aparecieron otra serie de personajes nuevos, convocados para esta nueva etapa de la noche, yo era la única mujer y , por supuesto, me senté al lado de Mario en una reunión hecha alrededor de dos mesas con varios instrumentos, guitarra, bombo legüero, que tocaba Mario, timbales , que tocaba un chico cubano que también era invitado. Cantaban canciones típicas de países sudamericanos, zamba argentina, habaneras, ese tipo de canciones que muchos conocemos y que crean un bonito ambiente en una reunión.

Mario muy pendiente de mi toda la noche, me resultó encantador y muy agradable oírle cantar a mi lado y me hacía sentir como si fuera su pareja y así se lo transmitía a los que allí estaban que creo que pensaron y dieron por hecho que así era. Sobre todo recuerdo a un señor inglés, con el que charlé mientras fumábamos en la puerta del bar y me estuvo contando algo de su vida…, era algo atípico aquel hombre, toda la noche quería invitar a todos a beber, como para que no parase la fiesta, hablaba en inglés y la mayoría no le entendía, pero yo sí y en un determinado momento se arrimó a Mario susurrándole al oído “ You’re very lucky to have this beautiful woman”.

Tras un para de cubatas y una veintena de canciones, dos horas después se disolvió la reunión. Mario cargaba con su bombo y yo le acompañaba por una callecita aledaña, donde tenía aparcado el coche. Charlábamos animadamente sobre que hacer ahora y nos disponíamos a dejar el bombo en el coche para continuar la noche. Me sentía feliz con su compañía y algo nerviosa por como continuaría aquello. Mario abrió el maletero y dejó el bombo en su interior, después, no se de que manera ocurrió, pero así fué, se apoyó en el coche y me atrajo hacia él mirándome a los ojos y me besó y yo, por supuesto le correspondí,  un dulce pero apasionado beso que selló la noche y se prolongó mientras por la calle pasaba la gente pero nosotros no nos dábamos cuenta, como si de dos quinceañeros embelesados se tratara y me confesó que había estado soñando con ese momento desde que me viera entrar por la puerta de la iglesia aquella tarde.

Beatriz Barragán © 17.02.2014

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